Había cumplido mi primer año de estar en España cuando a Guillermo se le ocurrió morir repentinamente y sin avisar. Yo le había llamado el día anterior. En realidad le llamaba con cierta frecuencia y no es exagerado decir que le extrañaba más que a cualquiera de mi familia, a cualquiera de los amigos… Más de lo que nunca extrañé a un amante cualquiera. Y es que con Guillermo lo único que no tenía era el sexo, el resto estaba ahí, desde dependencia hasta complicidad, desde la amistad más estrecha al hoy no sabes cuanto te odio… Como dos amantes, vivimos una historia tortuosa de alejamientos y reconciliaciones, de peleas, de llanto, de baile, de fiestas interminables, de burlarnos hasta de nosotros mismos y también de trabajo. Lo único real es que había un nexo que escapaba a cualquier entendimiento y que me unía a Guillermo como si fuera un gemelo nacido de otro vientre. Una sensación que, por lo demás, se acentúo en nuestro último par de años juntos.

Ese día antes de su muerte como ya dije, conversamos... Forzaba, ahora lo se, ese tono natural y despreocupado que solía poner cuando estaba hasta el cuello, ese tono mentiroso que me produjo una sensación por dentro de que algo no andaba bien (para ser honesta esa sensación llevaba sintiéndola unos cuantos meses), pero quise pensar que estaría en alguno de los pequeños líos a los que ya nos tenía acostumbrados. Por otro lado, aún con ese extraño presentimiento de que algo no iba bien, me negaba a pensar que estuviera enfermo, porque no quería creer que me ocultaría una enfermedad.

La noticia me golpeó frontalmente hasta el punto de sentir que cada uno de mis huesos estallaba. No se como explicarlo: Cuando Mo se conectó y comenzó a hablarme yo sabía exactamente lo que me iba a decir. Interiormente lo esperaba desde mi conversación del día anterior. Había pasado la noche en vela, me había sentido mal físicamente por enésima vez en los últimos meses y esa noche había sido particularmente dura. No se de que carajos estaba enferma, los médicos no daban con lo que me pasaba y los males se fueron un tiempo después. Pecando de rara, hoy me da por pensar que ese hilillo invisible que me unía al mentiroso que en Caracas me decía estar estupendamente, reflejaba en mi cuerpo lo que mi mente no quería adivinar. Y sin embargo, aunque suene a locura, esta noticia esperada, me sorprendió totalmente...

Después vino la negación… Simplemente y porque si, borré su muerte de mi memoria. Recuerdo que caminaba hacia mi oficina a duras penas por el viento de levante que más bien parecía un tornado. Justo en ese instante, quién sabe porqué, asimilé la noticia que me habían dejado en el Messenger un año antes y me senté en una acera con el viento arrastrando todo alrededor mío, quemándome la cara y aturdiéndome con el ruido ensordecedor que suele hacer el levante en Arcos de la Frontera. Entonces lloré, no se cuanto tiempo, no tenía medida del tiempo, tan sólo era capaz de sentir el viento y el vacío…

Pero ese momento de revelación no impide que hoy, cuatro años después, me despiste sin querer y siga esperando verle cuando vaya a Venezuela. Entonces lo recuerdo: Esta muerto. Y la realidad vuelve a dejarme descolocada, mi cabeza se llena otra vez con el mismo ruido sordo de esa tarde de levante —El me diría “anda eso es una tinitus”, tenía una salida burlona para casi todo— y se que mi viaje a Venezuela ya nunca será lo mismo…

Éramos generación de los 80 y los vivimos a tope. El sida se ensañó con nuestro grupo de una manera tenaz y la verdad es que ya estaba acostumbrada a esa sensación de tener gotitas en el pecho, como cuando llueve por dentro (escribí eso mismo en un poema cutre) una gota por cada amigo, gotitas que deja la ausencia. Lo de Guillermo justo llegó cuando ya nos suponíamos medianamente a salvo. A lo mejor es por eso que me despisto de tanto en tanto y es también por eso que decido escribir estas líneas. Espero que al verlo en blanco y negro pueda terminar de cerrar el círculo, realizar el rito, asimilar la despedida. Todo para dejar de sentir este ruido sordo, para dejar de aterrizar violentamente cada vez que me olvido de tu muerte, para dejarte ir aunque me cueste hacerme a la idea de que ya no sentiré ese extraño y placentero nexo invisible que me une a ti…
Nos volveremos a ver…


Sigo buscando
Cóbreces, verano del 2004

PD... Con esto despido la tristeza... Era un cierre que se pedía a gritos. Gritos que se acentuaban los meses cercanos a cada aniversario... Te merecias un post mejor... Pero no me salen más que gazapos...